La fuerza interior de la política exterior. Hasta donde es posible el consenso. Curso de Verano de la Universidad Rey Juan Carlos, Aranjuez. C. Llorens

El passat 22 de juliol de 2008 vaig participar en una taula rodona a la Universidad Rey Juan Carlos d’Aranjuez dins el marc dels cursos d’estiu d’aquesta universitat. La taula rodona estava emmarcada en unes jornades que portaven com a títol ‘La Fuerza Interior de la Política Exterior. Hasta donde es posible el consenso.’ Tot seguit podeu llegir la meva aportació a aquesta taula rodona:

Se nos pregunta hasta dónde es posible el consenso en política exterior… Desde nuestro punto de vista, la política exterior requiere consensos muy amplios, muy permanentes, muy lejos de partidismos y de los vaivenes electorales. Y es que la política exterior debe pivotar sobre dos ejes: los intereses del país y unos valores ampliamente compartidos. Que requiera consenso no quiere decir que reclame el contacto permanente de los diferentes actores políticos. Debe existir un consenso previo, aceptado por todos, en relación a cuales son los intereses nacionales y cuales los valores que el país está dispuesto a defender, de forma que sea quien sea el responsable de la ejecución de la política exterior actúe de acuerdo con planteamientos amplios.

Este consenso entorno a los intereses del país y a unos valores fundamentales, como podrían ser la promoción de la democracia y la defensa de los derechos humanos, no ha existido en las últimas dos legislaturas. En la última legislatura Aznar, marcada por la Guerra de Irak, y la primera de Zapatero, determinada quizá por el afán de descontaminarse de la era anterior, la política exterior española ha estado marcada por el partidismo, cuando no por la visión muy personalizada de Aznar y de Zapatero. Esta política, muy frecuentemente una política internacional hispano-española, ha supuesto una perdida de peso muy importante del Estado español en el contexto europeo y mundial. Como este partidismo resulta muy evidente no abundaré en el pasado. Creo que, lejos de los errores de los últimos años, la nueva legislatura que ahora se abre debe permitirnos hacer las cosas bien y recuperar posiciones.

La presidencia española de la UE y el Mediterráneo

El primer semestre del 2010, dentro de un año y unos pocos meses, España ocupará la presidencia de la Unió Europea. Siendo optimistas vamos a pensar que el tema institucional europeo estará resuelto y que, con la cuestión irlandesa ya muy lejos, la Unió habrá superado todos los escollos del Tratado de Lisboa. Después de la presidencia francesa es imaginable, también, que haya consensos mínimos en relación a la inmigración. No es imaginable en cambio, que se haya conseguido, cuando no se ha conseguid hasta ahora, los objetivos de competitividad de la Agenda de Lisboa. Con una situación económica que puede, nadie lo sabe, que sea mala o muy mala, la agenda estará marcada por la necesidad de mejorar su competitividad, su productividad, sin rebajar sus planteamientos sociales. Para hacer este sutil ejercicio política ¿con que alianzas cuenta el presidente Zapatero en Europa? Felipe González era capaz de contar con la complicidad de Helmut Kohl e incluso de Thatcher. ¿Quien será el aliado de Rodríguez Zapatero, Sarkozy? En cualquier caso, al presidente español le conviene entender que, antes que socialista, es presidente del gobierno, y así es mejor no hacer campaña electoral a favor de Ségolène Royal, ni dar por ganador a Schöeder antes que a Merkel.

En el próximo otoño España tiene ya un reto donde probar su musculatura europea. El mes de noviembre el consejo de ministros debe decidir donde se ubicará la sede de la Unión para el Mediterráneo. Como ninguna otra ciudad, la capital de Cataluña estaba posicionada en este debate desde que el 1995 empezó el llamado Proceso de Barcelona.

Durante los dos últimos años algunos hemos visto, con estupor, como el candidato Sarkozy y después el presidente Sarkozy se apropiaba del tema ante la pasividad española, catalana y barcelonesa. Ocupado quizá en el tema vasco, después en el proceso electoral, el presidente del gobierno nunca levantó la voz al respecto. Tampoco el ministro. Y a nivel catalán, sólo Convergencia i Unió, se ha manifestado. Nada ha dicho ni el presidente de la Generalitat, ni el vicepresidente Carod, responsable de la proyección internacional. Tampoco hemos oído al alcalde de Barcelona en defensa, ya no de una política, si no del nombre de su ciudad asociada a las políticas mediterráneas. Y perdida la batalla “nominal” mucho me temo que podamos perder también la política. Ahora, el secretario de Estado para la Unión Europea, el señor López Garrido, nos dice que España va a batallar hasta el final para tener la sede. Hasta donde modestamente podamos ayudar, nos va a tener a nuestro lado. Y es que tenemos la convicción de fondo que la política mediterránea es fundamental. Del otro lado de ese mar van a venir o muchos problemas o muchas oportunidades.

Más allá del Mediterráneo, creo que debemos dedicar mucha mayor atención a África, al África negra y subsahariana. Es un espacio inédito para nosotros, del cual desconocemos mucho, pero en el cual tenemos prestigio. El impacto de la inmigración ilegal y la necesidad de contar con convenios para la repatriación han forzado a que la diplomacia española hiciera un importante trabajo en esta área y debo decir que, en líneas generales, tengo la convicción que ha sido un buen trabajo. España se ha acercado a todos aquellos países con respeto, sin prepotencia, tratándolos de igual a igual y lo han apreciado. Tenemos campo que correr en esta parte del mundo que nos era muy lejana pero que, ahora, resulta muy próxima. Francia, tradicionalmente, ha sido la referencia europea. En este momento de globalización Francia, sin embargo, deja mucho espacio y este espacio lo podemos cubrir nosotros.

Espacios con especial responsabilidad para España

El Magreb. El otro lado del Mediterráneo. España debe involucrarse a fondo en la resolución del problema saharaui. Por primera vez después de trenta años las dos partes se han sentado a negociar. Esto es positivo. Las cinco rondas propiciadas por la ONU no han dado, sin embargo, los resultados deseados y en este momento la negociación está rota. España debe tener un papel capital en esta situación. Por diversas razones. Una primera razón tiene que ver con la historia. El Sahara es una ex-colonia española y, como consecuencia de ello, existe una especial responsabilidad. Más allá de la historia existen, sin embargo, razones humanitarias y económicas muy importantes que reclaman que nos involucremos. No se puede ser impasible al drama humano y a la falta de futuro de suponen los campos de refugiados de Tinduf y Tifariti. Tampoco se puede ignorar que el conflicto hipoteca la buena relación de Marruecos y Argelia. Permaneciendo cerrada, esta frontera supone un grave handicap al crecimiento económico de los dos países y de la región, un lujo que nadie se puede permitir, los que estamos al otro lado del Mediterráneo tampoco. Como seguro no se soluciona el problema del Sahara es yendo a Rabat y diciendo que se está a favor de la autonomía y yendo la semana siguiente a Argel y afirmando que se está a favor de la autodeterminación. Debemos ser más serios. Y debemos comprender, también, que no debemos posicionarnos a favor de una de las partes. No debemos sucumbir a las presiones y razones de unos u otros. Como podemos ser más útiles es siendo amigos de todos.

Carles Llorens amb Marisa Cruz de ‘El Mundo’, Trinidad Jiménez del PSOE y Alejandro Muñoz del PP en un momento de la mesa redonda

Más al sur, todos nosotros tenemos una especial responsabilidad en Guinea Ecuatorial. PP, PSOE, nosotros, Convergencia, que hemos dado soporte a un partido opositor, todos hemos fracasado frente al dictador. Las pasadas elecciones del 4 de mayo han sido una burla hacia España. ¿Como debemos plantearnos el tema a partir de ahora? Entiendo que el tema guineano no puede ser solo un tema político y de partidos. Toda la opinión pública española debe involucrarse en este tema que no es ya político, sino de dignidad. No puede ser que Zimbaue y la situación a la que lo ha llevado Mugabe merezcan toda la atención mundial porque la opinión pública anglosajona está encima del tema y que, en cambio, nadie en España, dedique la más mínima atención a una situación tanto o más grave que la de la antigua Rodesia. Reclamo, por tanto, la complicidad de los medios de comunicación españoles respecto a aquel país del medio de África que habla español.

Cuba. En una mesa redonda junto a la secretaria de Estado, Trinidad Jiménez, no puedo sino reconocer los éxitos puntuales de la diplomacia española que han supuesto la libertad de mis amigos Raúl Rivero, Omar Pernet o Pedro Pablo Álvarez. Más allá de eso debemos reconocer que nuestra política respecto a Cuba ha sido un fracaso. Ha sido un fracaso, como ha sido un fracaso también la política norteamericana. Esta dictadura lo resiste todo, dialogo, bloqueo, todo… Somos partidarios del diálogo. Se debe dialogar siempre. Se debe tener claro, sin embargo, con quién se dialoga y, en Cuba, se está dialogando con un régimen totalitario, cosa que no sé si siempre ha tenido clara el gobierno Zapatero. En cualquier caso, a partir de ahora, no creo que las diferentes posiciones aquí expresadas entre PP, PSOE y nosotros, sobre Cuba, sean demasiado alejadas. Y, si es así, Cuba no debe ser el ámbito del debate español, porqué no es un debate entre derechas e izquierdas, sino entre dictadura y libertad y, aquí, todos apostamos por la libertad… supongo. En Cuba la situación no tiene marcha atrás. Se va hacia la libertad y España, Catalunya, Galicia… tienen un gran papel a jugar. Todo el mundo nos reclama ahí: gobierno, oposición y, sobretodo, el pueblo. España tiene un papel capital y, a partir de noviembre, se tiene que concertar una política con la nueva administración de Estados Unidos. España, con América Latina, de acuerdo con la nueva administración, tienes que impulsar las condiciones que permitan el cambio.

En América Latina en general la política española ha sido pendular. En un determinado momento se han hecho apuestas ideológicas. Todos en América han proyectado unas radicalidades que Europa no permite. Lo hizo Aznar y lo ha hecho también el gobierno Zapatero que, tan solo un par de años antes del “Porque no te callas”, vendía armas a Hugo Chaves. De repente el péndulo olvidaba completamente simpatías ideológicas y el gobierno español se veía obligado a defenser los intereses de las empresas españolas. Nosotros, en este sentido, afirmamos: entre un extremo y otro se debe encontrar un punto medio y, para nosotros, el punto medio pasa por defender valores de partido, sino los ampliamente compartidos. En América, como en Europa, debemos defender la democracia, las libertades, también el libre mercado. Y, con ello, el respeto a los derechos humanos, a los derechos sociales, al estado de derecho y a la sociedad del bienestar. Si defendemos todo eso no entrará en contradicción de unas empresas españolas responsables, porque éstas, justamente, el mejor ambiente en el que se pueden mover es el ambiente donde reinan estos valores.

Consenso amplio de verdad

La política exterior reclama, seguro, el consenso de los dos principales partidos, PP y PSOE, pero no sólo los dos partidos. Otras fuerzas políticas también pueden, podemos, hacer aportaciones importantes. Y, más allá de los partidos, es importante que el consenso conlleve también la participación de todas las naciones del Estado. La política exterior tendrá más fuerza si cuenta con la fuerza interior de catalanes, vascos y gallegos. Las tres naciones cuentan con tradiciones históricas que les vinculan de manera importante al exterior, las tres cuentan con culturas potentes, cuando no comunidades importantes en el exterior o un gran número de profesionales desperdigados por todo el mundo. Esta mañana, Iñaki Anasagasti hablaba de la necesidad de que el Cervantes promocione todas las lenguas y no sólo el castellano. Estoy completamente de acuerdo y, debo decir, además, que no estoy de acuerdo en que, como se ha dicho, catalán, vasco o gallego sean asumidos cuando hay demanda. Si es castellano es promocionado, también deben serlo los otros.

Y el consenso, la concurrencia en la política exterior, no debe ser solo política. La política exterior reclama del consenso entre la política y la economía. Nuestras empresas pueden tener un importante papel en el mundo abierto. Y no estoy hablando solamente de grandes empresas. Pequeñas y medianas empresas industriales, de servicios, de turismo tienen mucho juego en muchas áreas de influencia, si tienen el apoyo de la política y de la diplomacia.

Creo, como he dicho, que España ha perdido peso en el contexto internacional estos últimos ocho años. Si se recupera el consenso, si se tiene claro que los intereses nacionales o si se quiere, del Estado, van más allá de la reinvindicación de Gibraltar y de la defensa de la españolidad de Ceuta y Melilla, creemos que esta legislatura que ahora se inicia puede ser el momento que recuperemos prestigio y peso en el mundo.

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