Disidentes, un libro al servicio de la libertad. Carlos Alberto Montaner

Raúl Rivero leyendo el texto de Carlos Alberto Montaner

Me hubiera gustado enormemente estar en la presentación de este libro, Disidentes, las voces que Castro no ha podido silenciar. Primero apareció en catalán, la hermosa lengua de mis abuelos, y ahora en español, la mía y de todos los cubanos.

La sociedad cubana tiene un déficit enorme de transparencia. El gobierno se ha dedicado a ocultar o deformar la verdad sistemáticamente, y entre las zonas más distorsionadas o desconocidas está la de las figuras que, de alguna manera, encabezan la oposición. Este libro contribuye en un alto grado a aliviar esa situación.

Carles Llorens y Claudia Pujol le han hecho un gran servicio a la libertad, en general, y muy especialmente a la libertad de los cubanos, y es una pena que deba perderme el lanzamiento de esta obra valiente y necesaria.

Desgraciadamente, otros compromisos me mantienen en América por unos días más. Sin embargo, Raúl Rivero, que es hoy la cabeza intelectual más valiosa de que disponemos los cubanos, tendrá la generosidad de leer estas breves palabras.

Carles y Claudia han hecho algo que los demócratas cubanos necesitábamos imperiosamente: nos han dado la oportunidad de hablar con libertad, de explicarnos sin prisas, de darnos a conocer sin condiciones.

Durante casi medio siglo los demócratas cubanos hemos sido víctimas de una feroz campaña de difamación minuciosamente orquestada por los órganos de propaganda de la dictadura de La Habana. Se nos conoce poco y, generalmente, mal.

El gobierno cubano sabe hacer esta sucia tarea. Es una técnica que el KGB soviético perfeccionó y les enseñó a sus discípulos. Lo mismo sirve para lograr que Pablo Neruda le escriba una oda a Stalin que para conseguir que los llamados “agentes de influencia” acusen a Octavio Paz y a Mario Vargas Llosa de ser miembros de la CIA.

Mediante esa técnica, y con la complicidad de numerosos simpatizantes de la dictadura, los gobiernos totalitarios consiguen estigmatizar a sus oponentes e intimidar a sus críticos hasta que se impone y prevalece la imagen que ellos quieren proyectar.

Recuerdo el Congreso de Intelectuales convocado en Canarias en 1979, hace casi treinta años. Leí un texto en apoyo de los presos políticos cubanos, entre ellos los poetas Ángel Cuadra y Ernesto Díaz Rodríguez, y solicité firmas para que los escritores allí reunidos le pidieran al gobierno de Castro que permitiera la emigración del poeta Heberto Padilla, condenado al ostracismo dentro de Cuba tras su paso por la cárcel y la terrible ceremonia de autoinculpación a que debió someterse.

La respuesta más audible fue vergonzosa: los presos políticos cubanos eran mercenarios del imperialismo. Padilla se había buscado ese castigo por escribir lo que no debía. Los demócratas de la oposición éramos, en realidad, unos gusanos miserables. Todo esto fue gritado junto a rechiflas que escoltaban los insultos.

Fue una experiencia muy desagradable. Sólo un puñado de intelectuales españoles y latinoamericanos se atrevió a respaldarnos públicamente. Sin embargo, luego muchos de los participantes pasaron por mi habitación para mostrarme, en privado, su solidaridad. Ellos sabían que Cuba era un infierno. Estaban con nosotros, pero no querían exponerse a polemizar con esa izquierda montaraz que podía desprestigiarlos.

Como es natural, les di las gracias y les dije que los comprendía, pero sentí vergüenza ajena ante esa actitud tan cobarde. Por la otra punta, se me hizo evidente el gran valor de los intelectuales que estaban dispuestos a pagar cualquier precio con tal de defender paladinamente todo aquello en lo que creían.

A esa estirpe pertenecen Carles Llorens y Claudia Pujol: a la de las personas valientes que no temen enfrentarse a la jauría, a cualquier jauría, con tal de defender los principios en los que creen.

Este libro muestra las ideas de trece cubanos muy diferentes. Los hay liberales, socialistas, democristianos y conservadores. Los hay creyentes y agnósticos. Empresarios y trabajadores; ricos y pobres; jóvenes y viejos. Y es así como debe ser: las sociedades son plurales por naturaleza. Una de los rasgos que hace que la Cuba de los Castro sea una dictadura emocionalmente inhabitable es esa unidad forzada en la que todas las personas han sido reducidas a la condición de ovejas que balan al unísono guiadas por la batuta del Máximo Líder, o ahora de su hermano, mientras el perro pastor las mantiene disciplinadamente dentro del rebaño.

Pero este libro no sólo es útil para los extranjeros que deseen asomarse a Cuba. Para mí ha sido revelador. He podido conocer mejor a 12 compatriotas de los que tal vez sólo tenía una visión superficial aunque nos conociéramos, en algunos casos, desde hace muchos años.

Creo que todos los cubanos y todos los españoles tenemos una deuda de gratitud muy grande con Carles Llorens y con Claudia Pujol. No sólo han compilado un libro útil y necesario. También han dado una inmensa prueba de civismo. Muchas gracias a los dos. Muchas gracias, Raúl, por prestarme tu voz.

Carlos Alberto Montaner

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